De uniforme verde militar, camuflado, pasea por las callecitas que rodean la Plaza Dorrego. Huele a tabaco y alcohol. Su voz áspera condice su aroma. Desde hace un tiempo un chico lo acompaña, de unos dieciséis, diecisiete años aproximadamente, vistiendo el mismo tipo de uniforme. Hay personajes que no nacen, que no viven, que no mueren: se limitan a estar. Son parte de lo habitual, de aquello en donde se posa la mirada cuando se espera un colectivo.
Ante una primera mirada, podría decirse que se trata sin más de un cuidacoches con un particular gusto estético sin faltar demasiado a la verdad, pero sería una visión incompleta. No es sólo una persona vestida de forma particular: es un personaje. Es parte de las leyendas urbanas del barrio de San Telmo.
He oído gente comentar que se apoda Matute, aunque tiendo a creer que este apodo ha surgido a pesar suyo y no por él prodigado. Hay quienes dicen que es un veterano de Malvinas. Una vez me contaron que –este comienzo de frase es esencial para un mito urbano- su locura proviene de la muerte de su hijo, quien cayó a una palangana de agua hirviendo mientras él le hacía baños de vapor.
Más o menos trágicas, con cierto nivel de veracidad o conformando el más absurdo disparate, todas las historias personifican a nuestro personaje. Lo hacen más del barrio, más de todos.
San Telmo ha cambiado mucho en estos últimos diez años. Los sábados por la mañana ya no lo observan solamente las señoras que marchan al mercado, sino también los jóvenes que vuelven de los boliches y los turistas que circulan por las joyerías y los locales de artesanías alrededor de la Plaza.
Cada tanto se divisa alguna novedad en su uniforme verde camuflado, como un nuevo gorro o quizás una macana en su cinturón. Sus rasgos afilados y su mirada llena de melancolía permanecen ajenos a cualquier cambio.
Mientras tanto Matute sigue allí, firme, con una colilla a medio fumar en la boca, cuidando autos por algunas monedas.
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He aquí el único testimonio de este personaje que he encontrado en Internet: