y lo único que puedo ver es
del botón de power
del televisor
"...y el astuto poder de lo virtual en la mente vaciada por el orificio del ojo." J. Giannuzzi
y
Anoche me dormí a pesar del ruido de la tele y de la humedad. Creo que lo último que vi fueron unas formas raras que se colaban por la ventana y se reflejaban en la pared, parecían estrellas derritiéndose. Eso fue lo que pensé y no sé porqué me dio miedo, pero igual me dormí. Arriba, en el techo, estaban las estrellas de plástico fosforescentes que quedaron de antes. Pero esas no se deformaban con el viento, ni se caían del techo, pensé, creo, o lo soñé. Lo que sí soñé es que me di un empujón como si quisiera tirarme de la cama. Pegué un salto y me tapé con la sábana. El miedo siempre da frío parece. El ropero también lo sintió porque se puso todo quejoso y viejo de golpe y los perros. A la mañana siguiente nadie más lo había sentido en mi casa ni los ladridos, pero en el diario dijeron que había sido escala 4 y que había empezado cerca de Quijano. No sé si creer, yo estoy segura que estuvo en mi cuarto, en mi cama. Que fui yo.

la libertad, que como a un pájaro nos traerá las alas
se llevara la preocupación
anciana nos dejara dormir en su regazo,
contara cuentos de otros sitios donde extrañamente no existe
la libertad que se mece como un árbol
persevera como los atardeceres
ya no será más semilla sino que estará lista para florecer y dar frutos en el verano
nos robara de noche los zapatos para que no caminemos tan seguros de nosotros mismos
la libertad será el silencio interrumpido solo por el croar de las ranas,
la voz de un poeta o el canto de algún venturoso
asi será tanta la libertad, que nos olvidaremos donde empieza nuestro cuerpo, donde termina y empieza el del otro
nos volcaremos a ser sabios, como gotas de lluvia
ya nadie podrá sentirse solo, por que la libertad sera todo por lo que vinimos a este mundo
Con la suerte de quien no lo busca, me cruzo en la calle otra vez con una bolsa repleta de fotos, alguien desecho un trozo tiempo que no le pertenece y yo? Yo lo adopto, le invento nombres y estaciones, lo comparto como un cuento antes de dormir, casi en secreto. La mujer gigante.qué ganas de cambiar los saludos en la calle por un minuto de rumba entre los autos, y en el ascensor, en vez de comentarios sobre el clima, besarse hasta que sólo haga calor,
y no preguntarle por la familia al conocido, sino avisarle que al pisar las rayas de las baldosas pierde, y empezar a saltar los dos en un pie hasta la esquina
y al llegar al cementerio reír a carcajadas porque has muerto y hacer pis en un árbol como un perro
pero qué me dirán cuando ofrezca un vaso de alquitrán como café y le pellizquemos al pasar la cola al policía que todos los días nos mira nuestra cola
qué pensarán cuando responda “amarilla” al que me pregunte la hora y señale los gorriones cuando pase un avión
qué manía de perder mi cara entre las caras de la gente y mi nombre en un sobre sin destino y qué será del mundo y de nosotros
cuando el escenario se ensanche y valga la pena vivir

la palabra
camaleónica
volviéndose
palabra,
quedándose
palabra
exageración del idioma
es la poesía
*
y lo pierdo en el poema
digo río y mi voz no se moja
hasta aquí no llega lo real, no cuenta

Para qué mirarla a ella que no me cambiaría la nuca por la cara.
El pañuelo
(el mundo era el pañuelo,
ya no quiero vivir en ese pañuelo)
se habrá posado en alguna rama
al sol y al viento
habrá perdido su perfume y mis lágrimas
será nido
será vestido
será pájaro


El pájaro
Tu flauta se hace ala
en el espacio de tu garganta
y apenas si distingo
el sonido del plumaje
con que tus dedos colorean
un vuelo hacia otro cielo.
Verónica Cánepa
( Variación
tu flauta sabe de alas que me llevan más allá del sonido
cuando vuelo como arena rabiosa que se aleja de este cielo húmedo
a una intemperie de lamentos con rostros de nadie
tu flauta sabe que esta noche me busco tímida en la memoria de su único canto
desde tu garganta la flauta que se hace alas para seguirme
colorea mi último allegro evaporado de tus dedos)


Hay personajes que no nacen, que no viven, que no mueren: se limitan a estar. Son parte de lo habitual, de aquello en donde se posa la mirada cuando se espera un colectivo.
Ante una primera mirada, podría decirse que se trata sin más de un cuidacoches con un particular gusto estético sin faltar demasiado a la verdad, pero sería una visión incompleta. No es sólo una persona vestida de forma particular: es un personaje. Es parte de las leyendas urbanas del barrio de San Telmo.
He oído gente comentar que se apoda Matute, aunque tiendo a creer que este apodo ha surgido a pesar suyo y no por él prodigado. Hay quienes dicen que es un veterano de Malvinas. Una vez me contaron que –este comienzo de frase es esencial para un mito urbano- su locura proviene de la muerte de su hijo, quien cayó a una palangana de agua hirviendo mientras él le hacía baños de vapor.
Más o menos trágicas, con cierto nivel de veracidad o conformando el más absurdo disparate, todas las historias personifican a nuestro personaje. Lo hacen más del barrio, más de todos.
San Telmo ha cambiado mucho en estos últimos diez años. Los sábados por la mañana ya no lo observan solamente las señoras que marchan al mercado, sino también los jóvenes que vuelven de los boliches y los turistas que circulan por las joyerías y los locales de artesanías alrededor de la Plaza.
Cada tanto se divisa alguna novedad en su uniforme verde camuflado, como un nuevo gorro o quizás una macana en su cinturón. Sus rasgos afilados y su mirada llena de melancolía permanecen ajenos a cualquier cambio.
Mientras tanto Matute sigue allí, firme, con una colilla a medio fumar en la boca, cuidando autos por algunas monedas.
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He aquí el único testimonio de este personaje que he encontrado en Internet: